jueves, 12 de enero de 2012
lunes, 9 de mayo de 2011
Modelo para armar
Camino a la sierra Tin se quedó inmóvil a mitad de la cuadra mirando fijo un objeto perdido en su infinitud temporal. Como si un calor intenso hubiera agobiado su cerebro entero. Enfrascado en una sensación de enajenación particular sintió en la necesidad de visitar su monoambiente. De ver que no lo retuvo allí.
Llegó a su cotidianeidad con la mente dispersa y la remera transpirada por el andar veloz de la ciudad. Fue directo a la cocina, puso la hornalla como debía estar y comenzó el ritual del floripondio. Tin revisó sus ideas una vez más y sacó una conclusión: no se acordaba qué había sido de los videos.
A fuerza de técnicas rudimentarias de concentración, nuestro detective supuso que esas servilletas que sirvieron como cuaderno de notas tenían que revelar un avance hacia la resolución del caso. No pasó tal cosa. Como era de esperarse, las servilletas estaban junto a la videograbadora y junto a ella, una pila de cinco casettes dispuestos un una fila de dos y otra fila de tres. Tin dedujo que hubo una pausa luego del primer par de videos para tomar un té vespertino y se extravió.
Lo cierto es que su cuaderno le recordó el primer camino andado, que llevó a Lila y que terminó en más dudas que certezas. Ahora se había alguien más, un tal Juan Botones que no debía olvidar. Y no lo hizo.
Su anotador representaba el caótico universo de su mente. Había dispuesto los nombres en orden alfabético, había lanzado azarosas flechas que salían de cada nombre, escribió conductas sospechosas, inflexiones sorpresivas en los vaivenes diarios de los empleados de Don Julio. Si bien nada le sugería que algunos de ellos fueran asesinos, le permitió aprehender a sus compañeros, conocer sus mañas, sus trayectos, sus debilidades más insignificantes, un té, un café, una corbata, un balde, un fichero.
No podemos pensar la oscuridad más que como la ausencia de la luz. Así como tampoco podemos pensar en un homicidio oculto sin un maquiavélico asesino que metamorfosee dependiendo de la situación que le toque en suerte. Un perfecto camaleón, pensó Tin luego de observar las tachaduras y remiendos de sus anotaciones.
Algunas suposiciones que tuvo en su vorágine nocturna estaban escritas en rojo. De alguna forma, remarcó las miradas furtivas a través de la pecera que daba Zariello a Dora, tachó que pueda ser un asesino encubierto asesinando su intuición primera; Lila observaba ilusiones que remontaban el aire contenido en el ambiente, callada y activa, sabía más historias de las que contaba, tenía escrito al lado “primer movimiento” y así fue; Dora comenzaba con una enmienda en su nombres, ahora la llamó, en color rojo, “mujer-otra”, actuaba indiferente a las intenciones de Zariello, sólo entraba en su oficina para reacomodar el fichero pero ahora ella regalaba una mirada rota a una foto. Había nacido un sentimiento alarmante en este detalle a juzgar por los dibujos circulares que contenían a la oración; Don Julio, en su momento, no había despertado grandes preocupaciones, sólo lo acompañaba un “blue-man” en azul marino.
Nadie podrá saber, en especial Tin, cómo llegó a pensar, en un principio, que los videos no habían revelado nada extraordinario.
martes, 19 de abril de 2011
Rialto
Cuando se acerca el final, las voluntades flaquean. No porque uno no sea consciente de que falta poco para volver, sino porque volver al mundo es cada vez más necesario.
Ya pasó un mes del funeral de Tía Helena y no puedo dejar de pensar en su arrugado cuerpo carcomido por los gusanos más nefastos del cementerio. Almorzando y cenando su carne, que alguna vez me abrazó. Demente.
Pero hay algo más, hay muchas cosas, pero, sobre todo, hay una foto. Cómo llevártela a tu mente! Ahí están mis familiares, azotados por la lluvia que anunciaba un cambio de estado general. Un ambiente hostil que recubre la cámara pero la luz del farol nos regala un secreto. Mi secreto, mi voluntad presa. Cuánto cuesta un secreto? Qué es algo secreto? Más que un secreto, es un sinsombra. Un paraguas sin sombra y un destello en su oscuridad más íntima, que cae por un rostro. Un rostro desconocido, para todos. Una silueta alejada pero muy cercana, para ella. “Más lejos de verdad que lejos tan cerca” recuerdo que decía a Tía, o quiero recordarlo. Una mujer rota.
Y roja*
No hay en todo Floriponstorias ninguna advertencia sobre el poder del libro. Un terrorismo silencioso en mi yo existiendo. Tin resultaba insoportable. Mi indigencia frente a mi historia era insoportable pero siempre estabas vos, en las alturas de mis ideas. Recuerdo los días otoñales cuando me escribías el libro de tu vida. En realidad, me lo dejabas leer por un rato y participaba de tu enigma, yo era tu secreto.
Y me invité un té.
No me olvido que me llevaste a tu torre más alta y no me dejaste tu trenza extensa ni tu fulgor interno como guía. Llegué solo a esas sierras y me ofreciste tu ventana como si fuera la última posta de este laberinto. Me encerraste en tu sistema y me retorcía cayendo y cayendo por el hueco de ese árbol, donde te sentabas a escuchar música y tararear que comías no sé qué manzana con no sé qué huevo.
Y caminé tu río,
antes de verme
salir de mí
Y de vez en cuando, yo era vos mientras que me creía yo, marcado a fuego, en carne viva. Te quiero, Dora. Ay, Helena, por qué estás tan viva cuando te creo más muerta.
Algo en mí nació*
Pero acá estoy, sigo mirando tu piano y una novela pasa desapercibida.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Le Pont du Gard
Fue el día más corto del año. Desde que me enteré la posibilidad lésbica de mi familia, la vida se fue acortando. No por homofobia sino por la incipiente incongruencia de mis recuerdos. Hoy más que nunca dudo de lo que sé, de lo que recuerdo, de lo que creo ser.
Cada día se hacía más corto. Como un porro mal armado. Como una palabra malparida. Como una mentira a medio comer. Quizás sea a causa de mis lapsus. El último té fue destructivo. Tin tiene una capacidad sin igual. Una inmunidad envidiable. Pero el relato no cuadra en mi cabeza. Julio! Callate que estoy leyendo. Qué patético debe ser buscar algo y que esté adelante tuyo. Como un retrato en el tiempo. Como esa carta robada.
La inocencia se pudre con facilidad. De eso estoy seguro. Como una manzana. Se oxida en carrera infinita con la mordida. Una mordida perfecta. Un óxido inefable. Un jaque mate a la mandíbula. Un juego de seducción, un círculo de prostitución eminente. Pero Tin diría que es una oportunidad, seguramente. Que es su oportunidad de progresar en el caso. Ese caso tan fácil que se nubla. Tan nublado que se atormenta. Se atormenta por lo pronto y lo fugaz del momento. Como goce inexplicable. Como el sexo prohibido.
Tin sigue en camino y yo me quedo en casa. Fumo una seca y el maldito humo me moja el ojo izquierdo. Un enroque testarudo. Ahí en esa mesa había un caballo explosivo y un peón cansado. Hay otra cosa. Una felicidad que veo y es inexplicable. Y por eso es exquisita.
Arriba de la mesa estaba mi vida. Sumido en una ensoñación extraña producto, seguramente, de un faso retardado, veo lo que sin querer reservé para mi vista: Ian McEwan vestido de verde para la ocasión, un saquito de té verde, unas fotocopias rayadas, cigarrillos y una piedra recién comprada. Y una carta. Una carta que decidí no abrir por tener en el reverso la letra perfecta y estúpida de Madre, tan dibujada, tan redondeada que da náuseas. La dejé cerrada para abrirla cuando esté abrumado. Como ahora. Sólo hay un papel rectangular con una oración escrita en lapicera verde, con esa que hacía la lista de la verdulería, que susurraba en llantos: La tía Helena ha muerto. Como un retrato en el tiempo. Como esa carta robada.
martes, 24 de agosto de 2010
La Noria
Esa carta me trastornó. ¿Habrá algo que Familia me esconde? Ojalá. Familia nunca se destacó por su interesantosidad, más bien era simple. Y simple me refiero a casi vulgar y aburrida. Quizás hay algo bajo la alfombra. Cual mugre que no se sabe por qué a uno le da lástima sacar de la casa. Supongo que es por un sentido de pertenencia. Es mi mugre después de todo. Ahí se evidencia que se vive en mi monoambiente. Suena sucio, pero quiero ver cómo se sienten alejados de lo que les parecía normal y cotidiano. Tal vez Abuelo le robó algo valioso a la mafia y lo perseguía por todo el país. Abuelo se fue hace años de la casa de Abuela. Por ahí quería protegernos. Esas cosas pasan, supongo. Quiero porro. Me estresé. Lillo. Marihuana. Saliva. Cierro. Encendedor. ¿Dónde quedó? Ah, en la mesita de luz. En realidad no es una mesita de luz. Es un cajón que funciona como mesita de luz. Es algo universal. No todos servimos para lo que nacimos. Bien. Encendedor. Chispas. ¿Me leo ahogado? Qué enorme diferencia entre el papel y la vida.
No, no, no. Había un tercero en discordia en las relaciones de algunos miembros de Familia. Pero ¿quién? Padre no creo, parece enamorado de Madre. Pero Madre siempre se mostró más dura. Siempre lo relacioné con su deseo de perfección. Una muestra de debilidad y todo se desmoronaba. El orden es el disparo al éxito, me decía. Si ve mi habitación, cae muerta. Pero no me va tan mal en la facultad. Siempre se puede estar mejor, dicen. No nos dejan vivir. Pero hay posibilidades de un engaño. ¿Por qué no? La perfección es una ilusión. Siempre lo es. La semana pasada me presentaron a Jeanette Winterson en la materia que estoy cursando. Sería grosso que tuviera que ver. Una fantasía exquisita. Estaré trastornado pero un poco de abstracción, por favor, lector. Y, además, una amiga me comentó acerca de un japonés medio revirado. Genial, creo. Kawabata. Todo encaja. Todo encajaría…
domingo, 22 de agosto de 2010
Zárate - Brazo Largo
Ya es jueves. Tengo más reservas. El dealer me ofreció floripondio. Voy a probar. No cuesta nada. Dicen que hay que controlar las dosis. Ahora, ¿por qué mierda no trae prospecto si es tan débil el puente del flasheo a la locura? Voy a hervir agua. Estos personajes nacen solos. Señor, Dios sabe que no es normal recrear historias. Supongo que es por la droga. La vida de Tin es más que interesante, cómo me gustaría vivir un día suyo. Pero esto me acercaría un poco más. Sí, el floripondio es la clave.
Abuela guardaba cosas. Cualquier cosa era digna de ser guardada. Mil veces revisé el archivo familiar pero hoy me significa más. No sé por qué, pero me nacen ganas de chusmear. El agua ya está. ¿Te lo relato? Apago la hornalla. Busco una taza. Una linda tiene que ser. Pongo agua en la taza. A ver… unos poco gramos… pará! Casi te vas al carajo. No importa. Ahí está. Hierbas. Agua. Cucharita. Mezclo un poco. Unos minutos de reposo… Hay olor a gas. Esta cocina no da para más. Ahí va. Un poco más. Tomá Julio, acá tenés comidita pero no cantes temprano que no quiero madrugar. Muy bien. Sorbito. UUF! Sabe rico. Otro poco. Rico. ¿Dónde está esa caja? Eeehhh… Sí, papeles por todos lados. La facultad me va a devorar. Acá la tengo. Cartas del año x. Fotos raras en blanco y negro. Mi familia inmortal. Una foto escondida en un pliego de la caja. Esto es digno de una historia de detectives, pero una buena historia. A ver… Y tiene una dedicatoria larga… La firma H. Es un hotel. El Hotel Royal…
viernes, 13 de agosto de 2010
Brooklyn
Ya sé que drogarse no está bien, que de hecho es ilegal (por ahora). Pero un porro no le hace mal a nadie. Un porro por día, claro. No siempre fui de drogarme. Creo que tomé el hábito luego de leer, casi por azar, uno de los relatos de Floriponstorias. No recuerdo de qué trataba. Supongo que algo acerca de un supuesto suicidio que terminó en homicidio. Típico. Tampoco diré que la historia era excepcional, me causaba gracia ese loquillo de Tin. Pero esa lectura marcó mi existencia desde hace ya dos años. Toda mi vida desde ese entonces pareciera repetir cada historia de ese tal Tin. Ya no sé si la repito o la escribo, pero algo pasa. Sucede que todo se me aparece relacionado. Encima la loca de enfrente se llama Dora. ¿Por qué gritaría como loca todas las semanas cuando tocan el timbre a las once de la noche? Maldita ninfómana. “Putitas” diría Abuela. Loca era.
No sé si me vas a creer todo lo que te cuento y te contaré. Y no me importa. El contrato se cerró. No hay escapatoria. Te recomiendo si queréis prenderte mínimo un sahumerio de pachuli. Te vas a sentir mejor.
Madre me decía que era un cuentista. Sí, confieso que me gustaba jugar a inventar vidas pero eso no me hacía cuentista. Se necesita más que eso. Pero… ¿cómo me llamaría? Qué estúpida la necesidad de ponerle nombre a todo. ¿Quién fue el primero? ¿Adán? ¿Qué pretendía? No se dio cuenta de que haciendo eso nos estaba condenando. ¿Inventista? ¿Mentiroso? Lo que sea tendría que dejarlo huir. No sirve de nada ese planteo. Además, tengo hambre y, para mal de males, se terminó la marihuana. Qué irónico. El dealer se llama Martín. Todo está ahí. Listo para mí. Para que lo descubra, me haga cargo de su existencia y lo relacione. Me voy al quiosco, pensar me da más ganas de morfi. El quiosquero es raro. Dicen… un libro abandonado… ¿puede haber persona tan cruel? ¿Qué culpa tiene el libro de no cumplir sus expectativas? El libro no debe haber sido creado para él. Punto. Que lo done. Malditos enfermos… -¿Qué tal? Cien gramos de jamón cocido y… mmm, qué bueno, cantimpalo… perdón, mejor cien gramos de queso y cien de cantimpalo. El quiosquero es raro. Tiene persianas americanas y dicen… ¿y eso? Un caramelo media hora alojado en el piso…